Las Almohadas Invisibles de los Sueños Fingidos
Si mis noches se caracterizan por amarrarme al mismo insomnio que perturba mi almohada y que se rebela en contra de mis párpados cansados, prefiero que así sea. Me refiero a que es mejor no poder dormir de noche, a no poder dormir de día. Por lo menos, cuando comienzo las primeras labores diurnas me puedo dar el privilegio de ser un soñador por un momento. Y fingir que he soñado contigo.
Cuando era un niño no me costaba trabajo visitar la luna. Hoy no puedo ni siquiera visitar a tu madre, o a la mía, que me duele más. He escarbado en lo más oscuro de mis ideas la forma de reconciliarme con su terquedad y su orgullo, pero siempre son más fuertes. Mi madre siempre se distinguió por querer que la vieran siempre como un ejemplo de mujer, de inteligencia más que como lo que era: una mujer postrada en su silla de ruedas.
Un medio de transporte para su cuerpo tullido, del que no deja de asombrarme la capacidad para corroerse más rápido que el cuerpo inerte de una monja asesinada en un convento.
Cuando era un niño no me costaba trabajo visitar la luna. Hoy no puedo ni siquiera visitar a tu madre, o a la mía, que me duele más. He escarbado en lo más oscuro de mis ideas la forma de reconciliarme con su terquedad y su orgullo, pero siempre son más fuertes. Mi madre siempre se distinguió por querer que la vieran siempre como un ejemplo de mujer, de inteligencia más que como lo que era: una mujer postrada en su silla de ruedas.
Un medio de transporte para su cuerpo tullido, del que no deja de asombrarme la capacidad para corroerse más rápido que el cuerpo inerte de una monja asesinada en un convento.

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